Una vez el insecto que porta esta enfermendad atraviesa tu piel, empiezas a descubrir una serie de anécdotas y sucesos que resultarían propios de Normandía y de Hollywood. Tras la victoria de la Italia de Mussolinni en los campeonatos mundiales de 1934 y 1938, en Italia y Francia, el trofeo de Jules Rimet estuvo sin disputarse, culpa de la Gran Guerra. Pero tras estos años de extinción del ser humano, el trofeo volvió a disputarse, esta vez en Brasil y sin la amenaza de la intervención estatal en el devenir del torneo.195011

No había favoritos propiamente dichos. Los doce años de letargo futbolístico provocaron un vacio de poder del que todos querían adueñarse. El primer interesado en ocupar el trono mundial, que por fin decició participar en unos campeonatos mundiales, fue Inglaterra. Los inventores de este juego llegaban obligados a demostrar que ellos, a los que tanto les debiamos, iban a ser los indiscutibles campeones. Lamentablemente para ellos, no conocían lo suficiente a Telmo Zarra.

Brasil, la discutida anfitriona, tenía a toda la torcida brasileña detrás, que se mostraba fanática ante la posibilidad de levantar el trofeo mundial. A su vez, ineludiblemente, Italia era favorita debido a los dos titulos mundiales consecutivos que había conseguido antes de la gran guerra. Desgraciadamente, el año anterior la mayoría de su equipo nacional pereció en accidente aéreo de Superga, aquel avión que destruyó a uno de los mejores equipos del mundo, el Torino de Valentino Mazzola. El último aspirante era Suecia, campeón olímpico en 1948.accidente-superga

El mundial sufrió uno de los formatos más raros que se recuerdan en la historía. Tras la clásica ligulla inicial, se suprimieron todos los cruces y solo el primero de cado grupo pasó directamente a una liga final. El formato era idoneo para el equipo anfitrión. Puesto que ya es dificil ganar al local en un campeonato mundial, más complicado se muestra el superarle en una liguilla final. La sorpresa de esta final la protagonizó España al clasificarse para la final gracias al antológico gol de Zarra.

A pesar de la inexistencia de final, el fútbol impartió justicia por si mismo y el último partido de esta liguilla presentó un formato incluso más atractivo del que una final normal podría haber ofrecido.

Brasil y Uruguay se presentaron en el último partido con 4 y 3 puntos respectivamente, lo que significaba que el empate era suficiente para que la canarinha se alzase con el trofeo. Toda Brasil era ya una fiesta antes de que la final se celebrase. Hasta el gobernador de la región Río de Janeiro pronunció un incendiario discurso minutos antes del comienzo del partido, en que afirmaba que “desde hoy estareís en la historia de nuestro país. Gracias por traer el campeonato mundial a casa”. Pobre diablo.

La final empezó tal como esperaban los más de doscientos mil brasileños que abarrotaban el nuevo circo, con Brasil volcada al ataque desde el primer minuto, mientras Uruguay soportaba las embestidas cariocas, al mando de un magnánimo lider, llamado Obdulio Varela. “El Negro Jefe”, colocado ante línea defensiva, ordenaba cada mínimo movimiento de su aleccionado equipo. Era el cuerpo y el alma de un selección plagada de artístas.

Así se llegó al ecuador del encuentro. Apenas dos minutos después de la reanudción ocurrió lo mejor que le podía suceder a Urugauy: recibir un gol. Friaça entró por banda derecha y fusiló a Máspoli, que nada pudo hacer por detener el lanzamiento. Acto seguido, la celeste al completo corrío hacia el juez de línea, enfurecida, protestando por un tanto ilegal que subió al marcador. Durante el desquicio uruguayo, solamente “El Negro Jefe”, actuando como lo que un capitán debería ser siempre, como sargento de su pelotón, ordenó a todos sus jugadores que cesaran de protestar y se prepararan para la reanudación, mientras el permanecía solo ante el peligro, con el balón firmemente amarrado bajo su brazo, haciendo bajar a un traductor para entenderse con Mr. Reader, colegiado de la memorable contienda. Mientras los brasileños al unísono intentaban disuadir a Varela de sus protestas, su equipo estaba ya preparado para la reanudación, mentalizándose para la que sería la victoria  más importante de la historía del fútbol.

Entonces la máquina celeste empezó a trrabajar como un mecanísmo perfecto, siempre bajo la dirección de “El Negro Jefe”. La moral de la escuadra charrúa estaba por las nubes pese a la adversidad. No iba a dejar escapar esta oportunidad y así lo hizo. Veinte minutos después, Obdulio Varela tomó el esférico, cambio el juego hacia Ghiggia, este centro hacía Schiffino, que enganchó un tremendo derechazo que se coló por la escuadra izquierda de Barbosa sin que este nada pudiera hacer por evitarlo.

Para entonces, Brasil había perdido su capacidad guerrera. Se habían visto demasiado cerca del título y seguían creyendo que lo estaban. Varela se hizo el amo del terreno de juego. Todo balón bien en ataque o en defensa pasaba por él, mostrando la actitud que se le exige a un lider. Nunca dió el más mínimo síntoma de cansancio o de nerviosismo, cortando magistralmente cada ataque brasileño para inmediatamente lanzar el juego hacía el ataque.

Apenas a diez minutos del final, sucedió aquello por lo que todo un país rezaba para que no ocurriese. Otra vez Varela cortó el balón, lanzando rapidamente un ataque hacia Ghiggia, este combinó con Pérez, que, magistralmente le devolvió el pase en posición franca para marcar. Este se internó en el area por el flanco izquierdo brasileño y disparó raso ajustado al poste, sin que Barbosa, el espectador de lujo del mundial hasta el momento, pudiera detener el esférico. 2-1, Uruguay era (virtualmente) campeona del mundo ante la a priori ganadora en su propio feudo. Los diez minutos restantes fueron un asedio contra la porteria de Mápoli, pero cuando el colegiado hizo sonar su silbato para dar cuenta de que el campeonato había concluido, el marcador no habís movido. Ururguay era la campeona del mundo veinte años despúes. Cuenta la leyenda que la porteria del charrúa se iluminó por el sol entre nubes nada más hacer el tanto su selección, lo que miles de brasileños señalarían después como una señal divina, un castigo, por haber celebrado el titulo antes de haberse diputado.

Y aquí concluyó el momento clave del deporte del siglo XX. Ese mítico “Maracanazo”, en el que los pobres se reivincaron contra los ricos y contra el poder establecido. Tan grande debió ser el momento en Maracaná, tan espectacular debió ser aquel silencio, que solo el autor del segundo gol, el mítico Alcides Ghiggia acertó a definir: “Solo tres personas han hacho callar Maracaná con un solo gesto: Frank Sinatra, Juan Pablo II y yo”.

Pero acabó aquí el mito de “EL Negro Jefe”. La noche de la victoria, salió a celebrarlo con sus compañeros a la cerveceria de un amigo. Allí confraternizó con varios hinchas cariocas, de tal modo que se fue con ellos, solo, toda la noche. Por la mañana, después de esta experiencia sentenció a toda su expedición: ” si llego a saber todo el dolor que he hecho al pueblo brasileño, no hubiera ganado”. No es de extrañar, pues varias personas se suicidaron tras el encuentro, pero solamente un verdadero Jefe, solo un verdadero líder como lo era el gran Obdulio Varela era capaz de expresar esto, despúes de que su pelotón ganase la más memorable de las batallas que se recuerdan, aquella que cambió para siempre el fútbol, transformándose así, en el mayor mito de la historia de nuestro amado deporte, y desde entonces, Brasil jamás volvió a jugar de blanco.

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